Publicado el: 21 agosto, 2017

Según Aristófanes, el poeta griego que nació y vivió cuatro siglos antes de nuestra era, el vino servía para “remojar el entendimiento y decir algo inteligente”. Desde la antigüedad, esta bebida ha sido un elemento cultural y bíblico en las sociedades civilizadas; pero desde hace unas siete décadas, se volvió una actividad económica de la mayor importancia, tanto en los países tradicionalmente productores, principalmente de Europa, como en aquellas naciones de desarrollo más reciente en este ámbito, es decir, Australia, Nueva Zelanda, Chile, Argentina, Estados Unidos, entre otras.

Aún con las variaciones anuales, las cifras de esta industria son notables. Según la Organización Internacional de la Viña y el Vino, una entidad basada en Francia, la producción mundial de vino en 2016 alcanzó los 267 millones de hectolitros, con Italia, Francia y España como los productores más importantes. El consumo mundial, por su parte, llegó a 242 millones de hectolitros y los principales países consumidores fueron Francia, Italia, Estados Unidos, Alemania y China.

En el caso de México, que apenas produce unos 20 millones de litros, la misma organización reportó en abril pasado que en 2016 el consumo de vino registró un incremento del 10 por ciento, al alcanzar los 89.5 millones de litros, de los cuales sólo el 30 por ciento corresponden a la producción nacional.

Como quiera que sea, y a pesar de que los números mexicanos aún pintan poco, es evidente que se trata de una industria que ha mostrado claros signos de desarrollo y que cada vez produce caldos de mayor calidad. Así pues, en la medida en la cual fortalezca todo el ciclo empresarial, desde la producción hasta la comercialización, logrará consolidarse de manera muy competitiva en las próximas dos décadas.

El caso de Aguascalientes no es la excepción en este panorama optimista que percibo. Recordemos la historia. Hace probablemente cincuenta o sesenta años, el sector vitivinícola local era más una aspiración que una realidad. A su momentáneo fracaso contribuyeron, por un lado, las falacias empresariales y la mala calidad de los productos de casas como San Marcos, y, por otro, la voracidad y los abusos de todo tipo, como los realizados por Domecq. Ambas productoras, en suma, corrompieron y liquidaron el ramo en Aguascalientes.

Hoy, la narrativa parece otra. Hay un grupo de productores mucho más modernos y preparados que han comprendido bastante bien la importancia de la asistencia técnica y tecnológica, la sofisticación de los mercados, la relevancia estratégica y las complejidades de los circuitos de comercialización, la trascendencia del diseño de envases y etiquetas, y, sobre todo, que al final del día la calidad es la variable decisiva al menos para los consumidores a los que quieren llegar.

Desde luego, hay algunas interrogantes que el tiempo irá despejando, como el nicho de mercado en el cual quieren posicionarse y competir, y esto es algo crítico. Pongo el ejemplo de Chile, donde he vivido cerca de cinco años como diplomático mexicano.

Chile logró un éxito sorprendente en el mundo. En el país, se consumen diariamente unos 8 millones de copas de vinos chilenos y se exportan alrededor de 1,500 millones de dólares anuales; pero (y este es un gran pero), la nación chilena se posicionó con enorme fortuna en un mercado de vinos baratos, en el cual importa más el volumen que la calidad o el prestigio de zonas y etiquetas. De esta manera, acostumbró al consumidor a un producto de menos de 5 dólares la botella, de suerte que, cuando el cliente de mayor poder adquisitivo quiere algo de mayor valor, usualmente elige otras opciones.

Por tanto, la pregunta de fondo es: ¿en dónde quiere estar la industria vitivinícola de Aguascalientes en una o dos décadas? De la respuesta, es decir, lo que tiene que hacer en ese horizonte, dependerá si su éxito actual llegó para quedarse o fue golondrina de verano.