Publicado el: 30 junio, 2017

Lic. Norma Aurora Cruz Reynoso

Ex Presidenta de la Asociación de Relaciones Industriales (ARIAAC)

Consultora de Capital Humano

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www.alneacionpersonal.com

Hoy en día, las organizaciones sufren los efectos de la rotación de personal, el ausentismo y la baja productividad.

El análisis de las causas de estos indicadores lleva a los encargados de la gestión de talento, en la mayoría de los casos, a mejorar las condiciones de trabajo, los sueldos y prestaciones, evaluar las mejores prácticas de otras compañías, establecer formas de participación de los empleados para lograr que se sientan motivados y comprometidos con su trabajo.

Al tomar algunas de estas contramedidas para frenar rotación y ausentismo, pareciera surgir una estabilidad laboral que permite cumplir con las metas organizacionales, sin embargo, el efecto casi siempre es a corto o mediano plazo, ya que se omite una pieza clave para el bienestar de cualquier organización: el jefe.

Dirigir a otros es un arte, ya que no se trata únicamente de cumplir con los objetivos, sino de lograr que los subordinados le encuentren un sentido a lo que hacen y disfruten de sus contribuciones personales y profesionales.

Un buen jefe deja una huella para toda la vida, hace el trabajo más liviano y disfrutable.

Para los colaboradores, el jefe es la empresa, ya que pudiera ser que se cuente con programas de desarrollo de personal, buenas prestaciones y remuneraciones, instalaciones agradables, etc., pero si se tiene un jefe que únicamente se dedica a dar órdenes sin involucrarse, a humillar, gritar y no comprometerse con su personal, entonces toda la infraestructura para crear un buen clima laboral, se viene abajo.

El jefe existe gracias a la necesidad de gestionar el talento, las capacidades y potencialidades de cada persona. No es sólo una figura en el organigrama, sino que su función principal es hacer que las cosas sucedan a través de otros.

El jefe debe ser un líder, que busca lo mejor para su grupo, persuade, impulsa y atrae, propone y motiva, comunica y manda, más con el prestigio personal y su ejemplo que con el poder, la palabra o la influencia dominadora (Instituto Latinoamericano de Liderazgo).

Un buen jefe debe tener una visión hacia el futuro, proyectando las competencias de sus subordinados para lograr posiciones y metas retadoras, diciéndoles lo que espera de ellos, reduciendo sus miedos al fracaso.

Debe ser capaz de transmitir clara y congruentemente un mensaje. Expresarse de forma nítida y sencilla, de forma que los demás puedan comprender lo que se les dice y lo que se espera de ellos.

Inspira con el ejemplo y siempre ve lo mejor de los demás. Genera confianza y enseña cómo desarrollar una tarea. Asigna recursos y es consciente de la experiencia adquirida, valorando cada paso e impulsando a superar los propios límites.

Tiene sentido del humor, sonríe y saca una carcajada de vez en cuando a sus colaboradores.

Todas estas cualidades de un buen liderazgo inician con el auto-conocimiento, a través de la Inteligencia Emocional. Es en la educación emocional donde debe ponerse más énfasis y asignación de recursos para evitar los efectos de un inadecuado clima laboral como son la rotación y el ausentismo.